Anestesiado, rota ya la mirada --¡sangre que gritan las paredes!--, te induce el monitor al quietismo: produce, como metralla, informes del horror cotidiano, y finalmente es como si lloviera, lloviera... Porque no llorarás ni marcharás, acaba de fallecer el último rincón de tu empatía y despedís sus restos con pulcros heptasílabos.
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